José Gabriel Rodríguez Urenda

40382464_1557844057694146_314574829372047360_nA Gabriel lo conocí porque una de mis mejores amigas estaba saliendo con su primo. Nos vimos por primera vez en enero de 2005, aunque desde diciembre mi amiga quería presentármelo. El encuentro sucedió en mi casa, donde nos habíamos quedado de ver mi amiga, su novio y Gabriel. Yo tenía 25 años y él era un año mayor que yo.

Esa noche me convencieron de salir, pues tenía trabajo que hacer. Poco a poco, comenzamos a conversar sobre aquello a lo que nos dedicábamos: yo le conté que era maestra. Así fue como se enteró dónde trabajaba para ir a visitarme al siguiente día. Me llevó un jugo a la hora del lonche; recuerdo que los niños fueron a decirme: “Miss, la busca su novio, está en el portón”. Yo contesté: “¡Ah, carajo! Si yo no tengo novio…”. Cuál fue mi sorpresa al ver a Gabriel parado al otro lado del portón. 

Así comenzó, así se fue dando. Empezamos a salir un poco más: iba a recogerme a mi siguiente trabajo, que era en las noches. La primera vez que me invitó a su casa, para cenar con sus papás, les dijo: “Ella es maestra, y me quiero casar con ella”. Así, o sea… ¡¡en el primer día!! Al mes y medio de andar de novios, nos fuimos a vivir juntos.

Él era diseñador gráfico. Su papá tenía una imprenta en Saltillo, en la cual Gabriel trabajó mucho tiempo. Tenía una gran habilidad para la tecnología, por lo que estaba encargado de diseñar todos los formatos que utilizaban en la imprenta. Y era súper bueno para las cuentas: verificaba entradas, salidas y compras. En las noches, cuando yo finalizaba mi segundo turno de docencia, iba a ayudarles a él y a su papá en el negocio.

Gabriel no estudiaba, solamente trabajaba; de hecho, no estudió para ejercer su oficio. Su aptitud fue la que le permitió aprender, acercándose a gente que sí tenía un título en diseño gráfico. Nunca le encontró utilidad a ir tantos años a la universidad, pensaba que si el solo podía aprender, no hacía falta ir. Y así lo hizo.

Gabriel tiene una hija llamada Aranza, por quien siempre se esforzó para darle lo mejor. Luchaba por convivir con ella, y no fue sino hasta que comenzamos a vivir juntos que él logró hacerlo con mayor frecuencia. Posteriormente, me embaracé de nuestra primera hija, y así vivimos mucho tiempo: Gabriel, Aranza, y yo embarazada.

Compartir mi vida con Gabriel fue un cambio muy drástico, pero no me arrepiento de haber tomado la decisión de hacerlo, pues me hizo muy feliz y gracias a ello nacieron mis dos hijos. Todo pasó muy rápido y sólo nos conocimos un corto tiempo: la verdad, no fue sencillo. Yo ya tenía mi rutina, mis objetivos muy claros. Mi trabajo ocupaba las mañanas y las tardes, y los fines de semana iba a Monterrey para estudiar una maestría en educación.

Sin embargo, siempre lográbamos empatar horarios: nos poníamos de acuerdo para arrancar el día juntos desde muy temprano, luego él iba a dejarme al trabajo en la mañana y se llevaba a la niña a la imprenta; después, nos juntábamos para comer en la casa; al terminar, me llevaba a mi segundo trabajo, y al salir los alcanzaba en la imprenta para ayudar.

Un día decidimos que había llegado el momento de arrancar nuestro propio negocio. Le sugerí que dejara de ser empleado de su papá, y que aportáramos nuestras ganancias para poner algo nuestro, aunque fuera desde cero… No teníamos ni dónde sentarnos, pero fuimos comprando poco a poco las cosas necesarias para establecernos.

Nuestra primera hija se llama Eleonora Reyes. Gabriel y yo somos fanáticos del cine, y recuerdo que vimos una película que nos impactó, en la que uno de los personajes se llamaba Eleonora. A él le fascinó el nombre y me dijo: “Nuestra hija se va a llamar Eleonora”. Yo, mujer obediente, acepté.

Seguido hacíamos carnes asadas. Era una pasión que los dos compartíamos. Sin importar la hora ni el día, si terminábamos cansados de trabajar, o si era muy noche: siempre teníamos ánimo. Nos veíamos a los ojos y me decía: “¿Cómo ves, una carnita asada?” Y yo nunca le dije que no. La gente nos juzgaba de locos por lo que pasaba en nuestra casa. Era lunes, martes, jueves; las once, doce de la noche, y nosotros estábamos encendiendo carbón.

Disfrutaba mucho comer, cualquier tipo de comida. Era muy antojado y siempre me pedía que le cocinara sus gustos. Le encantaban los chiles rellenos, el caldo de res y, por supuesto, la carne asada; también la salsa de molcajete, las tortillas de harina, chorizos en salsa, machacado… en fin, Gabriel era bueno para comer. Las cumbias y las norteñas era su música favorita, y le gustaba mucho bailar. Siempre andaba alegre, con ganas de armar una fiesta, aunque fuera pequeña.

Luego de tres años de estar juntos, tomamos la decisión de tener a nuestro siguiente hijo: Máximo Gabriel. Su nombre también lo tomamos de una película: Gladiador. A los dos nos encantó la idea, el nombre y la película. Gabriel y yo habíamos acordado que nuestros hijos sólo tendrían un nombre, y que no sería el de alguno de nosotros. Así que el día que llevamos a Máximo al registro civil, cuando nos preguntaron cuál sería su nombre, respondí: “Máximo”… y de pronto Gabriel agregó: “Sí, pero Máximo Gabriel”. ¡Yo me quería infartar! No sé por qué haya cambiado de opinión en el último momento. Posiblemente, porque Máximo es su primer hijo hombre. Quizá en el fondo de su corazón tuvo el deseo de que se llamara Gabriel.

Después de un tiempo, se independizó completamente de su papá. Abrimos una imprenta en Saltillo y acordamos que dejaría de ejercer la docencia para ayudarle en el negocio. Las jornadas de trabajo eran larguísimas: 16 o hasta 20 horas diarias. A nuestros amigos les daba risa que, dentro del negocio, teníamos un “escondite”: teníamos una televisión, un DVD, una cama, un microondas, un refri, una estufa… en fin, como sabíamos que pasaríamos todo el día ahí, ya estábamos prevenidos.

Por lo general, celebrábamos navidad con sus papás. A mí me gusta mucho cocinar, así que me encargaba de hacer la comida durante el día y en la noche llegábamos a casa de sus papás con todo preparado. Los papás de Gabriel eran muy religiosos y seguían todo un ritual. En año nuevo, nos tocaba visitar a mis papás, así que viajábamos a Allende, y pasábamos todo el día en su casa.

Cuando alguno de los niños, Gabriel o yo cumplíamos años, siempre hacíamos fiesta en la casa o celebrábamos en un restaurante. Y si se podía, nos gustaba festejar desde un día antes y hasta un día después. Mandábamos traer al mariachi, porque nos gustaba que el ambiente fuera alegre, que nuestros invitados siempre estuvieran bien atendidos. También, para celebrar, íbamos a Monterrey de paseo y de compras. A los niños les emocionaba ir porque Gabriel les compraba todo, se aseguraba de que no les faltara nada.

Él siempre tuvo mucha visión, quería crecer y abrir sucursales de nuestro negocio. Su sueño era expandirse hasta Ramos Arizpe, Monclova y Allende. Se visualizaba yendo hacia arriba, siempre hacia arriba. Todas sus energías y capital los invertía en el negocio; ésta era su prioridad, porque sabía que si crecía tendríamos mejores cosas, viajaríamos mucho.

Gabriel quería que Eleonora fuera doctora. Durante el tiempo que convivieron siempre iba por ella al colegio, la apoyaba para hacer sus tareas, asistía a los festivales, y le daba todo su amor. Le entusiasmaba el proceso de aprendizaje de su hija. Por iniciativa de su papá, tomaba clases de gimnasia, de natación, y quería que aprendiera a tocar un instrumento.

En ella veía reflejados sus deseos, sus proyectos. Y es que Gabriel no tuvo eso en su casa, por eso quería darle a sus hijos lo que a él le hizo falta: muchas oportunidades y el mejor aprendizaje. Hizo algo muy bueno, siguiendo mi ejemplo: comenzó a inculcarle a la niña desde muy pequeña el hábito de la lectura. Le compraba muchos libros y juguetes educativos. Aunque a él no le dieron esa formación, siempre se interesó porque la niña fuera culta y educada.

Recuerdo que tuvimos jornadas de trabajo muy intensas o que llegaban oportunidades de trabajo donde invertiríamos muchísimas horas. Gabriel siempre me pedía consejo: “¿Cómo ves? ¿Le entramos? ¿Te gusta este proyecto?”. Yo le escuchaba y le daba mi opinión y lo apoyaba en sus decisiones. Era una característica suya luchar por no dejar ir ningún proyecto; ése es un rasgo de él que nunca olvidare: el tesón con el que luchaba por ganarse uno o diez pesos, siempre.

Gabriel decía que nunca había conocido a una mujer tan trabajadora como yo. Al principio no me creía que tenía dos trabajos y que el fin de semana estudiaba en Monterrey. Cuando lo comprobó, quedó impresionado: “¡Hasta que encuentro a alguien que me va a seguir el paso! ¿Le entras?”. Y vaya que lo hice: él me expuso sus planes, nos pusimos de acuerdo y arrancamos nuestra historia juntos aquel año.

La relación que tenía con Aranza era muy breve, pues apenas tenía cuatro años cuando nació Eleonora. También se lo atribuyó a que Gabriel no tenía una buena relación con su primera esposa. Un día él decidió que no quería que su hija viera a sus papás pelear, y decidió que se alejaría un tiempo para solucionar las cosas y dejar que Aranza decidiera si lo quería ver o no. El tiempo que la niña pasaba en la casa hicimos todo lo posible porque se sintiera bienvenida y respetada, contenta y en casa. Le teníamos un espacio para ella en nuestro hogar. Cada que hacíamos el súper, pensábamos en ella y le comprábamos lo que le gustaba. Gabriel siempre se preocupó por Aranza.

Su papá tenía un rancho y a Gabriel le encantaba ir para allá. Las ocasiones en que no estaba saturado de trabajo, nos escapábamos. Anhelaba comprar un terreno y construir nuestro propio rancho; la idea nos encantaba. Empacábamos la ropa, la jarra de café, los utensilios necesarios. Cuando estábamos allá, se desvelaba, despertaba al amanecer y tomaba café, mucho café. Le encantaba caminar en el campo, en la sierra, en la montaña. Descansaba siempre que lo hacía.

José Gabriel Reyes Urenda fue desaparecido el 13 de agosto 2010 en Saltillo, Coahuila, víctima de sujetos desconocidos.

Un comentario en “José Gabriel Rodríguez Urenda

  1. Pingback: Carta a Rosalinda Herlinda Zamarripa Castillo de Laura y Marco – Memoria de un corazón ausente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s