Dora Elva Solís Parrilla

40427423_1557843974360821_7250776476440592384_n¿Cómo empezaré a contar la historia de mi hermana? No me enteré de que mi mamá estaba embarazada, porque como madre de mis dos hermanas, Lorena y Dora, nada más sabía que aquélla iba al hospital y regresaba con criatura en mano. Pensaba: “¿Por qué mi mamá regresaba con un bebé si nunca le veía panza?”. El caso es que Dora nació un 25 de marzo de 1970, es la penúltima de nueve hermanos, y siempre fue la consentida de mamá y papá –aunque todavía desconozco el porqué.

Por alguna razón, mi hermana era la más querida de la casa, en especial de mi padre. Con mi madre había un vínculo como el que existe entre toda madre e hija, pero aún más fuerte; éste, además, era visible. A veces bromeábamos con mi mamá: “¡Ahí viene tu consentida!”, le decíamos. Aunque mi madre no lo admitía, estoy segura de que Dora lo era.  

Crecimos en una familia numerosa: éramos nueve hermanos, infinidad de primos, más los abuelos; y aunque había muchas carencias materiales, nunca nos hizo falta amor. Mamá es una mujer fuerte, dedicada enteramente al hogar; papá trabajaba en una fábrica cementera, y aunque estricto, también era muy amoroso. Él nos inculcó que debíamos estudiar y ser alguien en la vida, forjarnos un futuro y salir adelante.

Dora fue creciendo entre todos mis hermanos, junto con la más chica de todos, Lorena. Ambas eran las consentidas, De cierta forma, yo también llegué a ser como una madre para ellas: nos llevábamos ocho años de diferencia. En aquella época, mis papás pusieron un restaurante, y afortunadamente nos empezó a ir bastante bien.

Ella siempre fue una niña tranquila, madura –a diferencia de mis otros hermanos. Una niña inteligente, estudiosa, seria, que no causaba ni tenía problemas con alguien. No era peleonera; todo lo contrario. Ayudaba con las labores de la casa, como decía mi padre: “Te toca lavar trastes, barrer, cocinar…”. El nuestro era un hogar bien conformado.

Salir adelante se convirtió en su expectativa a medida que crecía. Mis padres nos pusieron a estudiar, a decidir cuál carrera estudiar; si uno decidía dejar de hacerlo, era por decisión propia, nunca por imposición. Dora estudió la primaria en una escuela cercana a la casa, y a la secundaria asistió junto con mi hermana Lorena. Eran como gemelas, las dos: se llevaban un año de diferencia, las vestían igual, pero eso sí, tenían temperamentos muy diferentes. Al final, Dora se decidió por estudiar ingeniería química en el Tecnológico de la Laguna.

Ansiaba viajar mucho, conocer el mundo, tener una casa, un coche… Tantas eran sus ganas de viajar, que la impulsaban a seguir estudiando. Pertenecía a un grupo de ingenieros químicos, donde era la única mujer de su generación. Sus compañeros la querían mucho y le decían “Chaparra” de cariño. Al terminar la escuela, consiguió un trabajo en al área de lo que había estudiado. Se le veía muy a gusto.

Dora quería darle lo mejor a mi madre; como hija, siempre fue encantadora. El día que murió mi padre, también lo hizo una parte de su corazón. Tenía apenas 19 años y fue un golpe profundo para ambas “gemelas”. Por un momento pensamos que no habría una peor situación, pero creo que nos equivocamos.

Las películas de suspenso eran sus favoritas, y no soportaba las de romance. Se volvió romántica hasta que se enamoró. Le fascinaban los libros, el teatro, la música. Sobre esta última tenía un gusto muy peculiar, tanto que mi hija le apodó “Tía Rockstar”. Vestía casual y relajada… Muy relajada. Cambiaba de look tan rápido como uno se cambia de ropa; hoy traía el cabello rojo, mañana lo llevaba corto, y al siguiente día podría ser liso o rizado. No le temía a los cambios drásticos.

Su convivencia era sana. El único vicio que hubo en mi casa fue el tabaco. Todos los domingos, después de la comida, disfrutábamos de una buena plática y un cigarro. Sin embargo, así como ella se fue, también lo hizo el vicio.

Sé que se enamoró, al menos una vez… Quizá fue más de una, pero yo nunca lo supe. Con esa persona duró dos años, durante los cuales vivieron juntos en una casa que Dora compró. Él ya había terminado la carrera y ejercía su profesión, la ingeniería. Pensaban en un futuro juntos, compartiendo el techo que mi hermana adquirió con tanto cariño y amor.

Dora nos llenó de satisfacciones… y nos las sigue dando. Nos hizo fuertes, abrió nuestra perspectiva del mundo. Puedo decir que somos buenas personas, aunque ahora somos más sensibles al dolor ajeno. No quiero decir con esto que nunca lo hayamos sido, pero ahora lo sentimos más. Todo eso es gracias a ella: por ella nos sentimos tristes, por ella han sucedido cosas bellas, por ella la familia ha permanecido unida.

Como a los 37 años le dijo a mi mamá que quería irse a vivir con su novio. A mi mamá le afectó mucho: “¡Me toqué el corazón porque me dolió, pero sabía que se tenía que ir!”. Dora se fue el 10 de mayo; fue como el regalo de mi mamá.

Creo que Edgar, el hombre con el que vivió, era el amor de su vida. Ahora estoy convencida de que nunca vi a mi hermana más feliz que cuando estaba con él. Sin embargo, empezaron a surgir detalles, y a ello le siguieron el desamor, la decepción y los problemas. Más de una vez intentaron embarazarse, pero no lo lograron. Ella sintió una profunda tristeza, aunque nunca la mostró.

Un intento tras otro, y nada. Ahí fue cuando comencé a animarla para que adoptara. El fin de semana que ella regresaría de Zaragoza, Coahuila, con nosotros, habló conmigo por teléfono y me dijo se había decidido a adoptar, y que necesitaba hablar conmigo al respecto.

Estar casada era una de los requisitos, pero ella se rehusaba a cumplirlo. Recuerdo haberle dicho: “Pues te casas, ¡y luego te divorcias!”. En el fondo de su corazón, mi hermana no quería casarse, aunque desconozco el porqué. Lo que sí sé es que Dora deseaba con todas sus fuerzas ser madre, y estoy segura que, de haberlo conseguido, habría sido la mejor.

Le encantaban las enchiladas con queso y cebolla. Antes de irse me pidió que le prepara unas cuando volviera. Me las pedía a mí porque decía que las mías eran las más ricas. Yo creo que aún le debo a mi hermana sus enchiladas… aunque ahora ya casi no me gusta prepararlas. Mi mamá todavía tiene guardado en el refrigerador un refractario con asado –el guisado favorito de Dora– que preparó aquella semana.

Cada que regresaba de algún viaje de trabajo, iba directamente con mi mamá y le daba un beso. Me da pena decirlo, pero ninguno de mis hermanos ni yo lo hacemos. Dora le hablaba todos los días por teléfono para saber cómo estaba, y le aceptaba sus regaños sin replicarle nada.

Amaba los animales: tuvo dos labradores, uno se llamaba Pato y el otro… no recuerdo. Pato y Dora viajaban con regularidad a Parras; ese perro era su acompañante favorito. De hecho, después de un tiempo, él se quedó a vivir en Parras, porque se lo regaló a un compañero de trabajo. El otro perrito, según dijo su novio, se perdió… Aunque yo creo que como no le gustaban los perros, lo dejó ir y que se perdiera.

Como tía, Dora era muy buena. Trataba a mi hija como si fuera suya; sin duda, su sobrina favorita. Le ayudaba a hacer la tarea, pero nunca se la resolvía, sino que le explicaba cómo hacerla; en particular, la de inglés, porque mi hermana lo dominaba a la perfección. Veo mucho de Dora en mi hija.

Alguna vez estábamos en nuestro “aquelarre” en la cocina mi hija, mi hermana Lorena y mi madre. De repente nos preguntamos dónde estaría Dora, así que fui a buscarla al cuarto de mamá. Estaba recostada y sus ojos se veían tristes. Le dije que fuera con nosotras a comer y ella sólo asintió y dijo que iría en un momento. No sé qué pasaba por su mente; parecía estar perdida en un pensamiento. Después sólo llegó a la cocina, comimos juntas y lo disfrutamos como nunca, nos fumamos el dichoso cigarro, y todo volvió a la normalidad. Al día siguiente, se fue a trabajar a Parras.

Las navidades eran muy bellas. En la última que estuvo presente Dora, llegó Santa Claus con un morral lleno de regalos. Mi papá iba al monte y cortaba una rama, la limpiaba y pintaba de color plateado o blanco, y la usábamos como árbol de navidad. Para nosotros eso era hermoso, porque a pesar de que vivíamos en la ciudad, el olor a campo y a heno nos traía muchos recuerdos.

Cada que era su cumpleaños se juntaban sus amigos de la escuela y le organizaban fiestas de disfraces. Todos sus festejos eran muy peculiares, porque sus amigos eran buenos para la fiesta. En Halloween hacían lo mismo. Mi hermana era así, alegre y divertida.

¿Qué más puedo decir de mi hermana? Era muy chiquita, pero de corazón enorme.

Aquel día mi madre me dijo: “¡No llega!”… Es ahí cuando empieza el cambio, cuando la vida cambia, cuando todo da un vuelco y sólo puedes preguntarte qué está pasando. La vida sigue, pero sin ella es difícil. Aunque digan que ni el alma ni el corazón duelen, no es cierto. El dolor físico lo quitamos con una pastilla, con una inyección, pero este dolor está aquí siempre. Sin Dora la vida duele.

Dora Elba Solís Parilla fue desaparecida el 5 de marzo del 2010 en Zaragoza, Coahuila, víctima de sujetos desconocidos

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