Daniel Heberto Hernandez Villarreal

40443713_1557844014360817_5905772893211459584_n¿Cómo cuentas la historia del hombre al que has amado y que es el padre de tus hijos?

La vida de Daniel es un capítulo abierto para mí y para mis hijos. Ellos siempre me preguntan por él, pero yo no tengo respuestas… y si no las tengo, ¿qué les puedo decir? Me gustaría que algo de su papá quedara en sus memorias, que su presencia no se olvidara. Él no sólo fue un buen padre, sino también un gran amigo, un buen esposo y, sobre todo, una buena persona.

No puedo narrar su historia más que como la viví. Para mí, la historia de Daniel comienza cuando nos conocimos y seguirá con cada paso que den sus hijos. Allí encuentro las expresiones de mi esposo, su forma de ser: en Daniel, Santiago, Isabela y Natalia; ellos son el recuerdo latente de que su presencia sigue aquí, y de que alguna vez estuvo con nosotros.  

Daniel y yo nos conocimos en diciembre de 1998; era el día de su cumpleaños. Estaba cambiando las bujías de la troca de su papá; yo había llegado con una amiga que andaba con el hermano de Daniel. Mi amiga nos presentó: “Él es mi cuñado”, y desde ahí empezamos a platicar. Lo conocí muy jovencito, tenía apenas 15 años. Me hace reír cada que lo recuerdo.

Desde aquel entonces comenzamos nuestra relación. Las cosas se dieron muy rápido. En la navidad de 1999 nos casamos; en julio de 2000 ya habíamos tenido a Danielito, nuestro primer hijo. Fuimos padres muy jóvenes: él sólo tenía 16 años y yo 19. ¡Estábamos tan contentos!

Los dos estudiábamos, pero después de tener a nuestro hijo, para Daniel todo se convirtió en trabajo. Dejó los estudios para apoyarme a seguir estudiando. Se dedicó por completo a sacar adelante a la familia. Nunca le escuché decir que estaba cansado; todo era trabajo, andar de un lado a otro. Siempre se le podía ver trapeando o barriendo la tienda de abarrotes que teníamos.

De pronto nos empezó a ir muy bien. Logré terminar la universidad y decidimos abrir un video-bar, que se convirtió en la sensación de la ciudad. La gente hablaba del lugar, y siempre estaba lleno. Daniel estaba atento de todo en el negocio y yo trabajaba como directora de una empresa de cosméticos.

Más que una pareja, fuimos grandes amigos. Me apoyaba en todo lo que necesitaba, y yo hacía lo mismo por él. Logramos superar los problemas que surgieron a lo largo de nuestra relación, pese a que fuimos pareja desde muy jóvenes.

Después de cinco años tuvimos a nuestro segundo hijo, Santiago. Mi esposo generó un vínculo muy fuerte con él: por las noches, esperaba a que el niño llegara a meterse en la cama para dormir juntos. Tuvimos que mandarlo muy chico al maternal y cada que lo llevábamos se despedía de su papá: “Te amo”, le decía, y lloraba porque tenían que alejarse. Eso volvía loco a Daniel, pues Santiago era el único de sus hijos que le decía que lo amaba; lo hacía sentir muy especial. Sin embargo, parece que a mi hijo no le quedan recuerdos de esos días.

Hablamos de tener otro hijo, esta vez queríamos una niña. En 2008, me embaracé de Isabela. Fue un embarazo de alto riesgo: me alivié a los seis meses. Él anduvo de un lado a otro, resolviendo todos los problemas que se presentaban, porque en el hospital no tenían lo necesario para atender a nuestra hija. Para cuando desperté, Isabela ya estaba en el IMSS, y Daniel jamás se separó de la incubadora. Ver cómo la bebé luchaba por su vida lo hizo sufrir mucho, pero de alguna manera eso los hizo inseparables. Isabela es un milagro, y Daniel siempre pensó en ella como su guerrera.

Aunque habíamos dicho que sólo tendríamos a Danielito, a los cuarenta días de haberme aliviado de Isabela, me embaracé de Natalia. ¡La felicidad que sentimos entonces! Mi esposo quería que sus cuatro hijos estudiaran en colegios particulares para que tuvieran la mejor educación; y no se diga la ropa, los zapatos, los juguetes. ¡Los consentía muchísimo! Su vida consistía en trabajar para conseguir que su familia saliera adelante.

No le gustaban mucho las fiestas, pero le encantaba hacer carne asada; yo creo que si hubiera dependido de él, la habría preparado todos los días. Era una persona muy alegre, que rara vez tomaba o fumaba. Disfrutaba ir de caza o de pesca. También visitaba seguido a su papá, nunca lo habría abandonado. Con sus hermanos no tenía mucho contacto, pues ellos viven en Estados Unidos.

Daniel dio la vida por sus hijos: no hubo una ocasión que no estuviera atento, que algo nos hiciera falta. Sus hijos siempre me preguntan, quieren saber qué pasó con su papá. Con ellos la historia de Daniel es capítulo abierto… y a mí me faltan respuestas para darles. Ellos pierden los pocos recuerdos que les quedan de él, pero no se resignan a olvidarlo.

Logramos tener cierta solvencia económica. En ocasiones me decía que dejáramos a los niños encargados con mi mamá, y que nos fuéramos de paseo a Monterrey. Podíamos darnos esa clase de lujos. También a sus hijos los consentía: trabajaba todos los días para construirles un futuro, pero todo eso quedó en planes e ilusiones.

Soñaba con ser un gran empresario y cada vez estaba más cerca de lograrlo. Quería llevarnos a viajar por todo el mundo. Veía las cosas a futuro, era un emprendedor, un entusiasta, pero nunca perdía de vista lo que nos hacía falta en el momento. Su risa era inconfundible y era rarísimo verlo enojado: la alegría era su constante compañía.

Se la pasaba de un lugar a otro, siempre a prisa, nunca quieto en un solo lugar. Se tratara del trabajo o de salir a pasear con nosotros… Nunca nos dejaba, nunca nos dejó. Tenía algo que dar a la gente, algo con que ayudar. Daniel era bueno.

Así lo conocí…

“Vete lejos y llévate lejos a los niños. No sé cuándo regrese. 

No sé cuándo vuelva a verlos. Son mi vida, gorda.”

Daniel Heberto Hernández Villarreal[1]

Daniel Heberto Hernández Villarreal fue desaparecido el 19 de abril de 2010 en Piedras Negras, Coahuila, víctima de sujetos desconocidos. 

[1] Éstas son las últimas palabras que Daniel Heberto le dijo a su esposa.

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