Adela Yazmín Solís Castañeda

40452382_1557843881027497_2880487776329924608_nNo es sencillo describir la felicidad, pero sé que la conocí el 29 de mayo de 1990. La llamé Adela Yazmín: Adela por una tía a la que quise mucho y Yazmín porque me gustó para ella. No hubo sorpresa alguna cuando nació, ya sabíamos que era niña y afortunadamente llegó sana. Pesó 3 kilos y medio, mi niñita del alma.

Cuando la llevé por primera vez al kínder, me sorprendió lo contenta que iba. No lloró ni nada por el estilo; es más: una ocasión que llegamos tarde y no la dejaron entrar, a pesar de que hablé con la directora, nos tuvimos que regresar. Ella no paró de llorar durante el camino a la casa. 

Era feliz en la escuela. Solía participar en las actividades del kínder, y disfrutaba hacerlo. Le gustaba mucho bailar, estuvo en la escolta y en la banda de guerra. Tenía una buena relación con sus compañeros. En los festivales del día del niño se ponía a cantar y a bailar; igual en la casa, en especial las canciones de Daniela Luján.

Recordar no es sencillo. Conservo todos los trabajos que hizo en la escuela. En ellos está todo lo que le gustaría hacer de grande: estudiar, tener una familia, ayudarme. Ella vio las dificultades que pasamos desde que me separé de su papá, y resintió mucho aquel proceso, pues lo quería bastante. Sin embargo, tuvimos que salir adelante juntas.

De niña era muy inteligente. Notó las razones por las cuales nos separamos su papá y yo. Y aunque jamás le hablé mal de él, por sí sola se dio cuenta de cómo era su papá. Al final, lo superó: “Mamá, vamos a salir adelante juntas. Voy a estudiar y a hacerte sentir orgullosa de mí”, me aseguraba. Aun así, acordarse de su papá la ponía triste. A veces le decía que iría por ella o que la llevaría de paseo, y al final no le cumplía. Yazmín se desilusionaba mucho.

No tuve queja alguna de ella: siempre me avisaba dónde estaba, a dónde iba, respondía cada que le preguntaba. Cuando nació su hermana, se puso muy contenta. Le entretenía cambiarla, bañarla, lavar su ropita… aunque de vez en cuando renegaba por tener que hacerlo. A pesar de que, como todos los hermanos, peleaban de vez en cuando, Yazmín siempre estuvo al pendiente de su hermana.

Era una persona muy tranquila y responsable, de la que nunca recibí quejas. Cursó la primaria en Matamoros y en Torreón, la secundaria. Tenía mucha alegría: estaba en la edad de ir a las fiestas de sus amigas que cumplían 15 años, de salir con sus amigos. Yo siempre la dejaba ir, bajo la condición de que llegara temprano.

Su comida favorita son las entomatadas con espagueti: cada que yo descansaba me pedía que las preparara. También le gustaban los pasteles y los Takis de guacamole… bueno, de hecho, todas las golosinas. Siempre comíamos juntas, porque mi hora de comida coincidía con su hora de salida. Disfrutábamos platicar sobre nuestro día, de cómo nos había ido. Después de dejarla en la casa, yo regresaba al trabajo; y en la mañana, al irse a la escuela, siempre me daba un beso y me decía: “Ya me voy”.

Cada que descansábamos, nos gustaba ir al Centro, salir abrazadas a pasear. A veces la gente nos preguntaba si éramos hermanas, y eso nos hacía reír mucho. Nunca le faltó nada: le encantaban los zapatos, sobre todo la parte de estrenarlos.

A pesar de que estaba triste en esa época, le hicimos su fiesta de 15 años. Pienso que su tristeza se debía a la ausencia de su papá; no obstante, pese a que le dije que lo invitara, no quiso hacerlo. Aunque después comenzó a ilusionarse mucho con todo lo de su fiesta: el color de su vestido, la forma del ramo. El día que salió de esta casa rumbo a la fiesta estaba feliz.

Yazmín es muy guapa: ¡salió a mi familia! Medía 1.65 y tenía el mismo carácter que yo. Se enojaba, pero se quedaba seria, sin hablar. Cuando le llamaba la atención y coincidía con que ella estuviera enojada, no me contestaba, tan sólo permanecía en silencio, no gritaba ni se portaba grosera; se mantenía seria.

Su carácter no era explosivo. Recuerdo que había una muchacha que la molestaba en la escuela, a la cual Yazmín le tuvo mucha paciencia. Alguna vez comentó: “Me estoy aguantando mucho; además, nunca le dije nada, pero ya me está hartando… No, ¡ya me hartó!”. La aconsejé que no hiciera nada, mientras la otra muchacha no la tocara; sin embargo, aquélla no tardó mucho en empujarla… y pues ahí sí, Yazmín le contestó y se pelearon. La mamá de la otra chica y yo tuvimos que ir a la escuela. Sí le dije a la señora: “Yo sé lo que tengo”. Sabía que Yazmín aguantaba mucho, pero que sabía defenderse.

Un día me contó que había un muchacho interesado en salir con ella. Tuve que decirle que no podría hacerlo hasta que cumpliera sus 15 años. Él era su pareja de baile folklórico… y claro, varios querían andar con ella, pero Yazmín quería al muchacho, se llevaban muy bien. Anduvieron un tiempo: él se la pasaba en la casa, platicando con ella. La ilusionaba mucho tener su primer novio.

Aún no decidía lo que quería ser de grande, pero le llamaba la atención ser abogada. De lo único que estaba convencida era de que ayudaría a las mujeres. Tengo muchos reconocimientos de ella: de la primaria y la secundaria; de primero, segundo y tercer lugar; de inglés.

El festejo de navidad siempre era un buen momento. La pasábamos en familia, conviviendo y abriendo los reglaos del intercambio. Año con año le hicimos su fiesta de cumpleaños con piñata y todo eso, desde su primer año hasta los ocho, porque a esa edad –según ella–, ya era grande. Sin embargo, no dejamos de festejarla, aunque fuera con un pastel. Seguía disfrutando mucho abrir sus regalos.

Sus primos viven en Monterrey y la querían bastante; siempre la recibían con los brazos abiertos. También tenía muchos amigos… y pretendientes: cada 14 de febrero llegaba con regalos y cartas que le daban en la escuela. Tampoco había 10 de mayo en el que no llegara con un ramo de flores para mí; de hecho, aún tengo un cuadro, que fue el último regalo que me dio. Ahora mayo es un mes muy triste: Yazmín cumplía años el 29, y después en junio… todo pasa muy seguido. Sus regalos de 15 años se quedaron en la cama. No los pudo abrir.

Aquel día se despidió de mí. Como siempre, antes de ir a clases, me dio un beso y dijo: “Ya me voy”.

Adela Yazmín Solís Castañeda fue desaparecida el 2 de junio del 2005 en Torreón, Coahuila, víctima de sujetos desconocidos.

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